El monstruo de las mil cabezas
habita en mi cerebro.
Mis ideas son, su alimento preferido.
Este demonio que se multiplica en cientos
tiene gritos y ecos,
voces que me hablan al mismo tiempo
y que luego, por un periodo casi inusitado,
guardan un profundo silencio,
dejándome tan sólo
que hasta les extraño.
Nunca se va,
solo duerme a ratos por decisión propia,
o porque un somnífero
le fue administrado por vía intravenosa,
a gotas, o en forma de placebos.
Él siempre está aquí,
mi cabeza es su casa.
Los días de soledad
recrudecen su estancia.
Es un compañero de permanencia voluntaria.
me eligió a mí, de eso no hay duda.
El monstruo de las mil cabezas
tiene solo un par de ojos y me observa,
nunca deja de hacerlo.
Cuando me descubre sonriendo,
sólo se me planta en forma de cuestionamiento:
¿Por qué sonríes? ¿A quien engañas?
A mí no, yo sé lo que de verdad estás pensando – dice-
entonces se mete un bocado de cerebro a la boca
y me mastica lentamente.
Mis silencios nunca son míos
el los llena de él.
De dudas y lúgubres certezas,
de laberintos sin salida,
de estrechas rutas que ofrecen decisiones finales.
El diablo es esa idea latente
que suena a la voz que has conocido siempre,
sólo que a veces no está en tu garganta.
Te taladra desde más adentro
y mientras más profunda es,
más seguro estás de creerle.
El diablo de las mil cabezas,
el monstruo de las mil voces,
el demonio de los ojos posados.
El objetivo: Yo.
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